Un largo viaje.

Dumas Yepes Torres. 1908 - 2007.


El me contó que cuando era niño esperaba la llegada de los patos que venían del norte una vez al año. los patos hacían una estación de dos semanas cerca del Morro, en la ciénaga grande. Venían de Canadá y volaban hacia el sur. Él, sus  hermanos y amigos los alimentaban y apostaban. Cada uno tenía un candidato en engorde. El pato o los patos que más comían engordaban tanto que no lograban unirse al vuelo de despedida. Su migración era entonces truncada y se veían obligados a quedarse. Y esta era una suculenta cena para el ganador. Me imagino a 30 niños de Nueva Venecia en 1915 lanzando comida a los patos y analizando las capacidades migratorias de los integrantes de la bandada. Así eran las historias de Dumas Yepes. Bellas, conmovedoras, sencillas.
 Creo que es cierto cuando dicen que las personas solo mueren realmente cuando son olvidadas. Por eso quiero contarles acerca de mi abuelo, para que no muera del todo.
Vivió casi cien años, y fue tanto, que le alcanzaron la vida y la generosidad para ser bisabuelo de mi hijo.  Tuvo 6 hijos, 18 nietos y alcanzó a conocer varios bisnietos. Fue admirado y respetado en Rio de Oro y en el Cesar. Vivió y trabajó sin descanso para hacer de este mundo un lugar mejor para su comunidad. Para su familia. Para todos. Para dejarlo en mejores condiciones que aquellas que lo fueron recibiendo a lo largo de la vida. Siempre con un inmenso respeto y cariño para todos a su alrededor. Y así mismo fue querido y respetado. Bueno, no siempre, pero casi.

Fue un tipo serio, alto y elegante. Papá Dumas como le decíamos (no es cierto, yo le decía papaumas, mis primos le decían papá dumas) nació en Sitio nuevo , a orillas del río Magdalena cerca de la desembocadura y pasó su infancia y juventud entre Sitio Nuevo y el Morro (o Nueva Venecia) pues la familia habitaba estos dos pueblos. Tenía en sus piernas varias cicatrices ya que  los niños aprendían a pescar con el machete estando en el agua, y estas cicatrices eran la prueba de los errores cometidos por los aprendices cuando el machete golpeaba la pierna y no el pez. Murió en Bogotá a los 98 años acompañado por sus hijos y algunos de sus 18 nietos. Yo no pude estar en ese momento, llegué a verlo unas horas después.Tenía el pelo blanco y largo. Hoy escribo cobijado con su ruana, que me ha acompañado y abrigado en estos días de confinamiento.

De Sitio Nuevo a Bogotá

Se  embarcó en un viaje hacia el exilio por primera vez a los 17 o 18 años ya  que la enemistad de uno de sus hermanos mayores con otra persona del pueblo degeneró en violencia y muertos entre las dos familias.  Sus padres, Luciana Torres, mujer guajira y e Hilario Yepes, tomaron la decisión de sacarlo del pueblo a él, que era el menor de 9 hijos, junto a otro de sus hermanos para así intentar salvarlos de una muerte sentenciada. En el camino en lancha hacia Barranquilla fueron detenidos por la policía y llevados a prestar servicio militar en Santa Marta. Nunca supe que pasó con su hermano pero mi abuelo perteneció a la policía desde ese momento y llegó a tener alguna importancia en rango dentro de la institución, tanto así que tal vez 10 años después fue nombrado como comandante de policía para la provincia del Bajo Magdalena, hoy departamento del Cesar, cuya capital era el municipio de Rio de Oro. 
Ahí se enamoró de Magdalena y años después se casaron. Dejó la policía para dedicarse de lleno a la política. Fue alcalde, diputado y presidente de la Asamblea del Magdalena. Junto a mi bisabuelo Abel Quintero, político liberal como él,  concretaron proyectos tan importantes como la construcción de la carretera que  hoy comunica a Rio de Oro con Aguachica.
Contaba  que recorrían la provincia a caballo para conocer la realidad de sus habitantes y trazar planes de gobierno. Una foto desaparecida de ellos dos con Alfonso López Pumarejo en el Parque de Rio de Oro era uno de sus preciados recuerdos. La ví y la admiré claro, vestían de traje blanco y corbata los tres.  
En 1948 el exilio y la muerte volvieron a su puerta. Asesinado Gaitán, la violencia se apoderó de Rio de Oro  y él, como líder del partido liberal fue arrestado y esposado a una viga en una casa del parque (donde hoy funciona el billar de Jacinto). Fue expuesto para que el pueblo pudiera ver lo que iba a pasar con los liberales. Mi mamá y su hermana mayor Himera recuerdan con lágrimas ese momento pues lograron acercarse y verlo, esposado y arrodillado, pero nunca doblegado.
Fue liberado unos días y muchas humillaciones después, gracias a los oficios de mi bisabuelo ante las nuevas autoridades.
Y después de aguantar una semana con prudencia y mucha suerte, Abel, amparado en la profundidad y soledad de la noche, lo escondió  en el baúl de su carro y lo llevó hasta el aeropuerto de Gamarra, donde abordó un avión hacia Bogotá, en su segundo desplazamiento forzado, rumbo de nuevo al exilio. Años después un sicario confesó que en esos días posteriores a la liberación llegó hasta su casa con la orden de disparar pero lo conmovió ver que mi abuelo tenía una bebé en brazos y no pudo accionar su arma (no conozco la identidad del confeso asesino, de pronto era cercano a mi familia también). Guardó el arma y se marchó. Cuando regresó, ya no lo encontró. Pero en Rio de Oro quedaron mi abuela y sus seis hijos.
- Todavía había humo en el centro de Bogotá. - me contó - Yo llegué a dormir en un hotel de la calle 18 con carrera séptima, y para cuando pude traer a la familia, ya era diciembre y seguíamos en el Hotel.

Empezó a trabajar de inmediato como asistente de un juzgado y en estas nuevas funciones tuvo que ver mas de una vez  el horror de la violencia y sentir en su cara el olor de la muerte.

De ahí en adelante se podría decir que tuvo una vida más tranquila aun cuando no exenta de luchas para sacar adelante una familia numerosa.  Los afanes de la violencia cesaron para él y la familia se radicó para siempre en Bogotá. Nunca se quejó de mala suerte ni de  horas difíciles. Fue secretario general del Instituto de Fomento Algodonero y Síndico de la Universidad Incca.

Esta foto es famosa en mi familia pues estaban en un paseo de río en Rio de Oro (valga la redundancia) cuando un torete con brío se lanzó sobre la familia y él hizo lo que reza el dicho... al toro por los cachos. Lo cogió, lo tumbó y  lo dominó.

Creo que fue en la década de los 70 que pudo volver a comprar una casa en Rio de Oro, donde pasó largas temporadas junto a su adorada Magdalena.

Este fue mi Abuelo, que quiso entre otras cosas inculcar en sus descendientes el amor y respeto por el agua, su elemento primario de vida, el magdalena, la ciénaga, la bahía y el caribe. Tengo que decir que conmigo lo logró.

Acá estoy con él, y con Mamá Ena
Les deseo un feliz día.
Chao.

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